domingo, 19 de julio de 2015

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Por qué tener más sexo no te hace más feliz

Un nuevo estudio encontró que tener más sexo no garantiza mayor satisfacción; las razones merecen reflexionarse.

Por: Alejandro Martinez Gallardo - 18/07/2015 a las 13:07:59

gropusex

Con el psicoanálisis, la llamada revolución sexual y la liberación femenina, culturalmente el sexo ha sido representado como una necesidad ya no sólo biológica sino sobre todo psicológica y actualmente es pieza angular de la cultura del wellness –ciertamente no sólo porque el sexo sea muy sano sino porque vende. En muchos países occidentales las personas no sólo sienten la urgencia de tener sexo como una respuesta natural a los estímulos de su cuerpo y los cuerpos con los que se encuentran, existe una presión social y una presión mediática (en la invasión de imágenes sexualizadas) para tener sexo. Generalmente asumimos tácitamente que tener más sexo es mejor –especialmente en el caso de los hombres, donde confiere también estatus: es el signo del macho alpha por excelencia, pero también para las mujeres que tienen pareja estable–, ya sea como ejercicio o porque potencialmente nos acerca a la energía erótica y a la intimidad emocional (confiere conexión y sentido). Sin embargo, más no siempre es mejor.

Un reciente estudio se preguntó si el aumento de la frecuencia sexual también aumentaba la percepción de la felicidad. Los investigadores de  Carnegie Mellon University concluyeron que "el incremento en la frecuencia no lleva a un incremento en felicidad, tal vez porque lleva a un declive en el deseo y disfrute del sexo". Los resultados fueron recibidos con cierta sorpresa por varios medios, muchos de los cuales son responsables de promover la idea de que el sexo es una especie de santo grial secular. Paradójicamente en este juego de anzuelos, y como el sexo tiene el toque del Rey Midas, un encabezado sobre las falencias del sexo, también obviamente genera mucho tráfico. 

Oliver Burkeman atribuye los resultados a que "cuando cuatro académicos te dicen que debes de tener más sexo, y llenar todos los días un reporte, no te hace más feliz… En otras palabras, cualquier cosa puede perder su encanto cuando se vuelve una obligación". La mecanización de cualquier cosa le quita su chispa –en tanto a que todavía somos más humanos que robots– y esto es especialmente significativo en el sexo, que, a diferencia de lo que tal vez sucede con la mayoría de los otros animales, no es sólo un intercambio conducido por fuerzas automatizadas, sino que tiene un componente importante de creatividad y espontaneidad.  

Burkeman cita un estudio que muestra la gran importancia que tiene para el ser humano la sensación de mantener su autonomía. Cuando alguien nos dice que hagamos algo y sentimos que lo que se nos presenta es una obligación, eso modifica completamente nuestra percepción del acto a realizarse. Es necesaria, aunque sea ilusoria, la noción de que hacemos las cosas libremente, por nuestra propia voluntad. Algo que amas hacer por tu propia cuenta puede transformarse rápidamente en una labor tediosa si una persona te lo ordena.

Nuestro sentido interno del derecho a la autonomía absoluta, sin embargo, se ha convertido en un problema. En el extremo individualismo de nuestra época, cualquier cosa o cualquier persona que nos quite nuestro tiempo personal o que nos exija modificar nuestros planes está violando nuestra integridad, porque, después de todo, nosotros no pedimos nada de nadie, somos independientes. El filósofo Matthew Crawford, cuenta Burkeman, argumenta que "hemos valuado tanto nuestra autonomía que leer el capítulo de un libro, o detenernos a escuchar a un amigo, se acaban sintiendo como una imposición; mientras que el subrepticio constante chequeo de nuestro smartphone es una aserción de nuestra independencia". 

Es un problema porque la autonomía tiende a ser –aunque no necesariamente– una falta de involucramiento y compromiso con el destino colectivo, con las vidas de las demás personas y con aquellas actividades que exigen de nosotros que sigamos haciéndolas una vez tras otra, aunque sean enormemente tediosas o molestas, que requieren de esfuerzos extraordinarios, pero que posiblemente también entregan recompensas extraordinarias.

Lo anterior, por supuesto, no significa que el sexo deba de ser visto como algo en lo que hay que "cumplir", como se dice popularmente. Evidentemente las relaciones de pareja deben de trabajarse y existen momentos y actividades que deben ser realizadas pese a que no son exactamente las que elegiríamos si sólo fuera por nosotros. Lo que resulta natural en este sentido es el ejercicio de la empatía y la concordia, el sistema operativo de las relaciones afectivas. Quizás la cuestión del sexo más que una cuestión de cantidad sea de calidad, de la calidad de la experiencia y la derrama de sus efectos en la consolidación de lazos afectivos y en la generación de energía. Como el estudio citado muestra, no resulta muy favorable forzar cierta cantidad de actos sexuales; sin embargo, organizar un plan para aumentar la calidad de los mismos podría ciertamente mejorar la experiencia y aumentar los indicadores de satisfacción o felicidad. Claro que es importante no mecanizar demasiado el plan de exploración erótico, puesto que lo natural al sexo, que es esencialmente creación de vida, es la creatividad, el impulso espontáneo de la profundidad del cuerpo, que llega a reconocer su raíz en un fondo aún más profundo y misterioso.  

Por eso para las parejas que se encuentran en una etapa en la cual podría surgir la pregunta sobre organizar su vida sexual para tener más sexo, una alternativa más interesante sería estudiar técnicas orientales y místicas ligadas a la sexualidad pero que no necesariamente son específicamente sobre sexo, como el tantra o el nei-dan, la alquimia interna china. Recordamos aquí que dentro de estas tradiciones, ya sea en el budismo o en el taoismo,  es central el cultivo de la energía y por lo tanto se practica la retención de la esencia vital o incluso la abstención ritual del coito. Menos en estos casos suele ser más, puesto que lo que se quiere es alcanzar la unidad y la energía de la unión, ante la cual el mero placer palidece.

La cantidad es el signo de nuestros tiempos materialistas, explica Rene Guenon, sin embargo aquello que es más humano, más íntimo y significativo, es lo cualitativo, la riqueza de la experiencia que no pueda reducirse a una estadística, sino que debe ser vivida en toda su plenitud. El sexo, entendido como el espacio de conocimiento erótico (el altar de la alteridad), entraría en esta dimensión irreductible de lo cualitativo, el reino de la esencia.

Twitter del autor: @alepholo

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