Algunas películas deberían llevar una advertencia en sus carteles. No aquella que pusieron en El árbol de la vida que avisaba de que era un filme de 'arte y ensayo', ni tampoco la que muchos cines colocaron en The Artist para informar al espectador de que era muda. Una nueva etiqueta que ponga "Cuidado, sus expectativas con la película son demasiado altas". Sería una buena forma de bajar a la realidad antes de entrar a disfrutar de esa supuesta obra maestra que ha arrasado en todo el mundo.

Para inaugurar este nuevo procedimiento habría que colocar dicha etiqueta a La vida de Adele, la flamante ganadora de la Palma de Oro en Cannes que llega ahora a nuestras pantallas. La película cuenta la historia de amor entre la protagonista y Emma, una artista con la que iniciará una relación sentimental.

Esta es una de esas historias de amor universales, en donde lo de menos es que las protagonistas sean dos mujeres, podrían ser dos alienígenas y la gente seguiría conmoviéndose. Aquí es donde se encuentra la grandeza de la película, en hacer que todo el mundo se emocione con la relación de estas dos jóvenes. El realismo y la verdad en su forma de tratarse, hablarse y mirarse son reconocibles por todo aquel que haya estado enamorado alguna vez. Lo mismo ocurre con la primera parte del filme, en la que se narra el proceso de aceptación de Adele de su sexualidad. La cámara capta cada gesto, cada indecisión y cada duda de una adolescente que empieza a no reconocerse y tiene miedo de ser apartada del grupo por ser diferente.

Es también el naturalismo con el que Abdellatif Kechiche trata su historia lo que la hace tan cercana y humana. Porque tras el primer amor, también viene la primera ruptura. Y con ella todo el dolor y la frustración que tan bien expresa ese torbellino llamado Adèle Exarchopoulos. La actriz, con el mismo nombre que su personaje, parece haber nacido para este protagonista. La ternura, la rabia, la decepción, la soledad… sentimientos tan complejos y que ella expresa con una naturalidad pasmosa. Sin ella el filme no sería el que es.

Ahora  viene lo negativo. Todos estos logros, muchos, quedan algo empañados por una duración eterna. Casi tres horas de película son excesivas se mire por donde se mire y el ritmo se hace irregular. De la emoción se pasa a algo cercano al aburrimiento y uno tiene la sensación de estar en una montaña rusa que tan pronto encuentra cimas de verismo como cae en historias secundarias que nunca sabes bien qué aportan (todo el mundo del arte que rodea a Emma, el personaje del actor) que suman minutos y minutos a algo que con cuarenta menos podría haber sido la gran película que todos claman.

Y por supuesto el tema clave: las escenas de sexo. Porque para que negarlo, sus explícitos momentos han supuesto para La vida de Adele la mejor campaña de promoción posible. ¿Qué hay de verdad y qué no sobre ellas? Lo más importante es que no son lo esencial de la película, pero es cierto que una parte del viaje de la protagonista supone descubrir su propia sexualidad, por lo que es cierto que tenía que ser contado. La pregunta es si el modo en que el director lo hace es la correcta o no. El estilo de naturalidad con el que las trata es siempre coherente con su película, pero choca que el cuidado con el que la cámara mima a sus personajes no sea el mismo con el que muestra las escenas de sexo. Más que lo explícito del asunto es la duración de las mismas. El primer encuentro de las dos actrices se alarga hasta casi diez minutos que se convierten incluso en algo incómodo de mirar.

Por tanto el problema no es que las escenas sobren, ya que sin ellas no se entendería bien la historia, sino que se antojan desproporcionadas. A lo mejor sin tanta información y menos expectativas sobre esta película todo parecería diferente.

La vida de Adele

Dirección: Abdellatif Kechiche

Duración: 175 minutos

Género: Drama

País: Francia

Intérpretes: Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Salim Kechiouche, Mona Walravens