miércoles, 2 de octubre de 2013

Ese Gringo apasionado por la raqueta y los autos - Clarín.com

02/10/13

Ya habían pasado dos semanas de su final de Wimbledon y a mediados de aquel helado julio de 2002, David Nalbandian fue recibido en Unquillo por todo su pueblo (literalmente). Cuando el cordobés vio a Clarín en la caravana que lo acompañó desde el aeropuerto internacional Pajas Blancas, le gritó desde su auto: "Después de la conferencia de prensa, venite directo para mi casa". Al ingresar, el tenista que había conmocionado el All England invitó primero a pasar por el garage. Y ahí, cubierto por una lona, estaba la réplica de un Peugeot 206 WRC que un mecánico amigo le había armado y que se completaría tiempo después con un motor 2.0 que le regaló la propia automotriz francesa. Ese fue uno de los tantos ejemplos contundentes del modelo de deportista que eligió ser Nalbandian, el pibe que a los 20 años venía de jugar el partido decisivo del torneo de tenis más importante del mundo pero que en ese momento mostraba un brutal entusiasmo por un auto de rally.

Fue el abuelo Jorge el primero de los Nalbandian que llegó a Unquillo desde su Armenia natal cuando sólo era un adolescente previo paso por Buenos Aires. Y fueron el papá Norberto y la mamá Alda los que primero tuvieron a Javier y a Darío y cuatro años más tarde, a David Pablo, el mismo que el mundo del tenis reconoció como Rey , el mismo al que sus amigos de toda la vida le dicen Gringo y el mismo al que el propio Norberto, de chico, llamaba Hilacha porque siempre andaba desaliñado.

Siempre fue bastante inquieto, Nalbandian. Y pese a que sus hermanos mayores ayudaron a criarlo casi como un hijo por la diferencia de edad, él pronto -incluso desde la época del jardín de infantes- mostró sus dotes de liderazgo.

El abuelo primero lo sedujo con la equitación, pero muy pronto cambió los caballos por la raqueta. Fue cuando 21 familias unquillenses (entre ellas la de los Nalbandian, claro) decidieron juntar el dinero para construir a unas 20 cuadras de la casa del pequeño David aquellas dos canchas de cemento que años después se harían famosas en el mundo entero. "El se metía a jugar con nosotros porque le encantaba el tenis. Yo creo que tenía unos 4 ó 5 años cuando agarró su primera raqueta que era blanca, de aluminio, y la había comprado mi viejo", recuerda hoy Darío Nalbandian. "Lo que más nos llamaba la atención era su revés; y creeme que era el mismo revés que después se convirtió en su mejor golpe".

Antes de los 10 años empezó a viajar por Argentina para jugar los viejos Nacionales y competir contra apellidos como Coria, Acasuso, Massa o Pastorino. Siempre con Alda dándole su amor y su cuidado. Y siempre con sus sueños de llegar a tener un nombre propio en el tenis. ¿Un número 1? Jamás lo dijo y ni siquiera insinuó con sus actitudes que su único objetivo era ese. Nada que ver. Pese a que los resultados lo acompañaron durante su carrera junior y ya en el circuito de la ATP, Nalbandian eligió ser Nalbandian. Y lo hizo a su modo, pese a tener un talento como pocos.

Poco acostumbrado a demostrar sus emociones en público, pero siempre dispuesto al chiste, a disfrutar los asados con los amigos de Unquillo y a saborear la vieja pasión por River y los autos y la nueva por el polo de la mano de su amigo Cambiaso -en 2010 compró en un remate uno de los clones de Cuartetera, una de las grandes yeguas del líder de La Dolfina-, Nalbandian siempre fue un personaje puertas adentro muy diferente al de sus cruces con periodistas argentinos y extranjeros.

Ayer finalizó una carrera que queda resumida en sus títulos, en sus duelos inolvidables con Federer, en su mentalidad ganadora y en su concepto tan particular de profesionalismo, en su amor incondicional por la Copa Davis y en su miserable enfrentamiento con Del Potro que, por ejemplo, lo privó a él y al tenis argentino de ganar la Davis en el irrepetible 2008.

Hoy, a los 31, empieza para él otra vida junto a Victoria y Sossie en la que, como siempre, hará lo que le parezca mejor. En definitiva, así, tan mal no le fue.

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