viernes, 20 de septiembre de 2013

Las desgracias de una damisela porno - El Economista

Concepción Moreno / El Economista

La pornografía fue la parte más bonita de la vida de Linda Lovelace (1949-2002), la famosa protagonista de Garganta profunda (1972), clásico del género.

Hasta los que no la hemos visto (lo confieso) sabemos de qué va el asunto: una mujer que no conoce el goce sexual descubre que tiene el clítoris en el fondo de la garganta. No hace falta haber visto más de una porno para saber qué sigue: party on!

Fetiches orales y demás, Linda Lovelace se convirtió, gracias a la cinta, en un símbolo del deseo sexual, especialmente para los adolescentes de los años 70. La pornografía se rodeó de misticismo y de glamour. Las chavas querían ser porn stars. Si Lovelace, con esa carita de niña de prepa puede, todas pueden.

Pero al parecer su vida no fue glamurosa para nada. Si creemos a Lovelace, Linda tuvo una vida horrible.

La desquiciada industria estadounidense porno ya ha estado en otras ocasiones bajo la lente del cine no-porno. La más notable es Boogie Nights, de P.T. Anderson. Si quiere un acercamiento literario, el ensayo "Big Red Son" de David Foster Wallace le dirá todo lo que necesita saber sobre la industria.

Lovelace no toma el camino de Anderson (la épica) ni el de Foster Wallace (la ironía), sino que camina por el melodrama con serios riesgos de desplomarse a la telenovela.

Amanda Seyfried (buena actriz, aunque su papel bordee el cliché) estelariza como Linda Susan Boreman, es decir Linda antes de Lovelace, una joven aterrorizada por una madre posesiva hasta la psicosis, interpretada por Sharon Stone.

Linda pasa del abuso materno al conyugal en cuanto se topa con Chuck Traynor (Peter Sarsgaard, con más pelo en la cara que en la cabeza), el hombre detrás (es un decir) de Garganta profunda y la carrera sicalíptica de Linda Lovelace.

La cinta tiene momentos realmente cándidos, como cuando Linda le confiesa a Traynor que nunca ha visto una película porno. La segunda parte de la cinta es puro abuso marital y liberación femenina. Las actuaciones son notables, sin embargo. Sarsgaard y Seyfried se llevan la palma. El mensaje final de los directores Rob Epstein y Jeffrey Friedman es que dentro de la fábrica de pornografía hay sexo y placer en la misma medida que violencia. Mucha moralina, por supuesto.

El gran acierto de Lovelace es la recreación de la industria pornográfica de los años 70, la misma era que Boogie Nights dibujara con mayor sentido del humor e inteligencia. Mejor vean Boogie Nights.

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