lunes, 23 de septiembre de 2013

Emilia Clarke interpreta a la princesa Daenerys Targaryen en ... - El País.com (España)

No siempre estuvo la pornografía a un clic, así que a finales de los ochenta muchos forzaban los ojos guiñándolos en un intento de descodificar mentalmente la película del viernes noche en Canal+, que por entonces los no abonados veían con rayas y sonido metalizado. Ya no tiene que disimular si alguna vez lo hizo, que el porno se consolida como un producto de consumo como cualquier otro, que hasta los libros superventas usan eslóganes como porno para mamás.

Los abonados a Canal+ tienen hoy aparatos más avanzados (bendito iPlus) y la plataforma ha desplazado el contenido X de las madrugadas del fin de semana desde su canal principal a otro específico, el 140, con su candado y su contraseña. Además, una ley más severa ha acabado con el porno de serie B, salpicado de anuncios de contactos, que emitían algunos canales locales en abierto, pero su hueco lo ocuparon videntes, brujos y otros charlatanes, también algo obsceno.

El porno se regula y normaliza mientras el sexo explícito gana terreno en las series convencionales de televisión. A veces creemos que EE UU es un país puritano y no. Allí pueden multar a un canal en abierto por mostrar un pezón por accidente, pero en la tele por cable (bendita HBO) abundan las series de alto voltaje erótico. Es así desde que a finales de los noventa Sexo en Nueva York rompió las reglas, más por sus diálogos nada sutiles que por las escenas de cama.

Hoy Juego de tronos, la saga Spartacus o True Blood recurren en cada capítulo al sexo indisimulado. Sexo para dos, tres o más; hetero, homo o bi; forzado o consentido; exigido o no por el guion. El ingrediente que no falta. La exigencia es tal que entre el reparto de Juego de tronos cundió la protesta. Una de sus protagonistas (Emilia Clarke, la madre de dragones) se negó a desnudarse una sola vez más y ganó el pulso, aunque para algún plano sirva una doble.

Son series pensadas para esas horas en que los chicos están acostados, quién sabe si viendo cosas peores en sus pantallitas. Está por estudiar el efecto en nuestros adolescentes del acceso fácil a contenidos para adultos, pero ya van varias generaciones digitalizadas y tampoco están saliendo tan depravados. En otras épocas, los chavales se pasaban entre las mochilas el Penthouse, pero esa revista anunció esta semana la bancarrota. Todo cambia, pero no tanto.

Vídeo: It's not porn, it's HBO (No es porno, es la HBO). Una divertida broma en torno a fragmentos de series emitidas por el canal de pago estadounidense, en inglés.

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